El santo sacrificio de la Misa

A Monseñor Lefebvre le gusta repetir que el sacerdote está hecho para el sacrificio, y que está ordenado a la ofrenda del sacrificio. Es una ordenación esencial, «trascendental»: así como no hay sacrificio sin sacerdote, así también no puede haber sacerdote sin sacrificio. En esto estriba la identidad sacerdotal.

Con Monseñor de Castro Mayer, su amigo, afirma que no hay verdadera religión sin sacrificio: «Si por un imposible la misa dejara de ser un sacrificio, ya no habría en la tierra ningún tipo de religión».

Un solo y único sacrificio

Pero al igual que Cristo murió una sola vez, así también no hay más que un solo y único sacrificio: «Hay un solo sacrificio: el que Jesús, sacerdote y víctima, ofreció de una vez por todas en la cruz, y las reactualizaciones de ese mismo sacrificio. Como lo dice San Pablo a los Hebreos: “En esta voluntad (de ofrecerse El mismo en sacrificio) somos santificados por la oblación del Cuerpo de Jesucristo hecha una sola vez… Después de ofrecer un solo sacrificio por los pecados, está sentado para siempre a la diestra de Dios… Pues por una sola oblación ha llevado a la perfección a los que son santificados” (He 10, 10; 12, 14)».

«Su sacrificio, por un admirable designio de omnipotencia, Jesús lo ha confiado a su Iglesia bajo un modo incruento en el sacrificio eucarístico, que perpetúa realmente su sacrificio de la cruz. (…) La única diferencia entre la cruz y la misa, es que la primera es ofrecida con derramamiento de sangre, y la segunda de manera incruenta. En la misa no vemos derramarse la sangre. Es la sola diferencia. Pero se trata del mismo sacrificio: pues en ambos, como lo enseña el Catecismo de Trento (sesión XXII, cap. 1), uno mismo es el sacerdote, y una misma es la víctima ofrecida:
 

En la última Cena, “la noche en que era entregado” (1 Co 11, 23), quiso dejar a su esposa amada, la Iglesia, un sacrificio visible, como exige la naturaleza de los hombres, por el que se representara aquel suyo sangriento que había de consumarse una sola vez en la cruz, y su memoria permaneciera hasta el fin de los siglos (1 Cor. 11, 23 ss), y su eficacia saludable se aplicara para la remisión de los pecados que diariamente cometemos».

Por memoria no hay que entender solamente el recuerdo subjetivo o colectivo, sino el memorial, es decir, la acción objetiva que se realiza en el altar. La representación de que se trata aquí no es otra que la reproducción de la Pasión y de la muerte de Cristo, manifestada por la consagración por separado del Cuerpo y de la Sangre, acción que aptamente representa la separación sangrienta y la efusión de sangre que caracterizaron la muerte de Cristo en la cruz.

Un misterio extraordinario

Monseñor Lefebvre solía contemplar la eficacia de la misa a la luz de la fe: «Cuanto más se estudia el santo sacrificio de la Misa, más se percibe que se trata de un misterio extraordinario. ¡Es realmente el misterio de nuestra fe! Allí el sacerdote aparece como alguien que no pertenece al tiempo, que está casi en la eternidad, porque todas sus palabras tienen un valor de eternidad. (…) No es un simple rito realizado hoy, sino una realidad eterna, que supera el tiempo, y que tiene consecuencias eternas para la gloria de Dios, para salvar a las almas del purgatorio, y para santificar nuestras propias almas. Cada misa tiene realmente un peso de eternidad».

Marcel Lefebvre recuerda a menudo cuáles son los cuatro fines del sacrificio de la misa: alabanza de Dios, acción de gracias (de donde viene el nombre de Eucaristía), propiciación e impetración. Contra los modernistas, insiste en el aspecto propiciatorio: Dios ofendido se nos vuelve propicio por el acto de extrema caridad de su Hijo encarnado que se ofrece en la cruz. Pero también suele comentar la alabanza y la glorificación que la misa procura a Dios.

Por encima de todo, enseña que la sagrada comunión es la comunión a la Víctima del Calvario, y que, bajo este aspecto, «nos transforma en víctimas en unión con Jesús Víctima», efecto frecuentemente ignorado. «¡Qué hermoso ideal nos ha dejado Nuestro Señor! ¡Qué hermoso programa de santidad quiere Dios que realicemos en la tierra!»