Frente a la nueva misa

Monseñor Lefebvre funda su seminario y su Fraternidad, no contra la nueva misa, sino por el sacerdocio católico; pero esto mismo es lo que va a llevarlo a rechazar el Novus Ordo Missæ, promulgado por el papa Pablo VI en 1969.

El nuevo ‘Ordinario de la misa’

A pesar de la publicación del Breve Examen crítico de la nueva misa, firmado por los cardenales Ottaviani y Bacci, Monseñor Lefebvre se da cuenta de que nada impedirá su entrada en vigor. Observa tanto las reacciones de los obispos como las de los protestantes: un pastor de Alsacia llega incluso a declararse dispuesto a celebrar la Cena con el Novus Ordo Missæ: «Teológicamente es posible», afirma.

‘Vamos a guardar la antigua misa’

Marcel Lefebvre debe tomar una decisión práctica. Reúne a sus seminaristas el 26 de noviembre y, casi tímidamente, les pregunta: «Nosotros vamos a guardar la antigua misa, ¿verdad?» No dice nada más. Todos comprenden lo que está en juego, y todos consienten con un movimiento de cabeza. Rechazan unánimemente la codificación de una reforma litúrgica cuyas etapas experimentales han tenido que soportar con dolor en sus parroquias desde ya hacía años.

Aunque el arzobispo no toma aún una postura pública, ese 26 de noviembre de 1969 es una fecha importante en la historia de la Iglesia: por su «no» discreto pero resuelto, este solo obispo impide virtualmente que triunfe la reforma de la misa. Esta negativa es un acto eminentemente contrarrevolucionario, y rompe la aparente unanimidad impuesta desde arriba por Pablo VI y su secretario, Annibale Bugnini. Su amigo, Monseñor de Castro Mayer, le escribe que ha comunicado a su clero de Campos, en Brasil, la misma resolución. Serán los dos únicos obispos en levantarse contra esta empresa.

Las razones doctrinales de un rechazo

Los días 9 y 10 de junio de 1971, Monseñor Lefebvre expone a los miembros de su Fraternidad las tres razones doctrinales de su rechazo de la reforma litúrgica:

  1. la casi supresión del papel único del sacerdote en el altar, como pronunciando en la persona de Cristo las palabras eficaces de la transustanciación;
  2. la disminución de las señales de reverencia hacia la presencia real de Cristo bajo las especies consagradas;
  3. el menoscabo de la naturaleza sacrificial y propiciatoria de la misa.

Por lo tanto, no se trata de una nostalgia sentimental por una liturgia perimida, sino de un combate por tres verdades de fe católica definidas por la Iglesia.

Un rito artificial que no es obra de la tradición

Además, el nuevo rito, creado artificialmente por Pablo VI, no es heredero de una tradición viva y continua. Al contrario, San Pío V, cuando impuso, por la bula Quo primum tempore, del 12 de junio de 1570, su Missale Romanum a toda la Iglesia de rito latino, no hizo más que retocar según las mejores fuentes, y codificar después, el misal romano que siempre estuvo en vigor en Roma y que se remontaba hasta San Gregorio Magno, papa de 590 a 604, y por él hasta los tiempos apostólicos.

Un rito litúrgico canonizado

Dada la antigüedad, el uso continuo, el poder y garantía doctrinal, la santidad y los frutos de este rito, el acto de San Pío V, explica el arzobispo, tiene el valor de una canonización: esta misa edificará siempre a la Iglesia, y jamás nadie podrá prohibirla, ni siquiera un papa. Pablo VI podía crear otro rito, pero no tenía el poder de abolir el rito tradicional.

Habrá que esperar a Benedicto XVI y su motu proprio del 7 de julio de 2007 para ver triunfar en Roma esta verdad. Hasta entonces la negativa de la Fraternidad San Pío X de aceptar el Novus Ordo fue la piedra de escándalo entre la Santa Sede y ella:

«Sabía perfectamente que un seminario tradicional y nuestra negativa de adoptar el Novus Ordo me ocasionaría dificultades con Roma, y habría preferido morir antes que tener que oponerme al papa», decía Monseñor Lefebvre en 1974.

No se puede aceptar un rito malo en sí mismo

Si Monseñor Lefebvre debe resistir al papa Pablo VI, que pretende suprimir injustamente el rito tradicional, debe también denunciar la nocividad de la nueva misa que, por su tendencia protestante, es mala en sí misma y peligrosa para la fe. Es más, el arzobispo incluso emite ciertas dudas sobre la validez de muchas misas celebradas según el Novus Ordo:

«La nueva misa, explica, es ambivalente, equívoca, ya que un sacerdote puede celebrarla con la fe católica íntegra en el sacrificio, en la presencia real, etc., y otro puede decirla con otra intención, por cuanto las palabras que pronuncia y los gestos que hace ya no lo contradicen».