Conferenciante y predicador

Las conferencias espirituales de Monseñor Lefebvre eran de un género muy peculiar. Cuando explicaba las cuatro ciencias de Cristo, los espíritus superficiales pensaban saber ya todo eso, pero no discernían en un principio las aplicaciones concretas que sabía ver el arzobispo.

Apelando poco al sentimiento, sus exposiciones parecen áridas, pero por eso mismo son mucho más esenciales, profundas y contemplativas. En ellas entrega a sus oyentes, sin decirlo, su alma, su estado de oración, llevándolos a su vez a la contemplación sencilla de la fe.

También los invita a sacar todas las consecuencias prácticas de los misterios cristianos.

«Si este hombre Jesucristo es Dios, y si es el único hombre entre los hombres en ser Dios a la vez, entonces todo se sigue: este hombre es el Sacerdote, el Profeta, el Rey. ¿Cómo pensar que una criatura pueda ser indiferente a la presencia del Verbo de Dios entre nosotros?»

Cuando está inspirado
 

«Os aseguro, dice en Madrid, que la conferencia que di por pedido de Blas Piñar no tuvo nada de especulativo. Desde antes de empezar, y durante dos horas, la gente no dejó de gritar en la calle de al lado: “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Rey!”»

En público, el mismo estilo del conferenciante se anima: lleno de imágenes, a veces burlón, incluso irónico, se vuelve mordaz cuando se siente inspirado o confrontado a los medios de comunicación, a los que logra sacar fuera de sí con sus posturas políticas, o ganárselos con su figura de refractario, que desconcierta y seduce a la vez.

Modestia y audacia del predicador

En su famosa misa de Lille de 1976, un periodista, Robert Serrou, redactor del Paris-Match, bosquejaba en dos líneas el estilo del predicador:

«Aunque el tono es pacífico, las palabras están inflamadas y son incendiarias. Es al mismo tiempo tímido y audaz, modesto y lleno de seguridad».

Frases del tipo: «En Argentina, al menos reina el orden», o «El Papa no es el que hace la verdad», no son raras en boca de monseñor Lefebvre durante los períodos de tensión. Pero, por lo general, mantiene el tono del obispo doctrinal o del sacerdote paternal.

¡La doctrina, y sólo la doctrina!
 

«Las almas, dice, tienen que ser iluminadas por la verdad, la enseñanza sobre quién es Nuestro Señor, quién es Dios. Se suele hablar muy poco de Dios mismo, y más de lo que Dios hace. Se podría hacer un esfuerzo para hablar de las perfecciones divinas, de la Santísima Trinidad, de Nuestro Señor que es Dios, porque cuanto más se acerquen las almas a Dios, más deseos sentirán de servirlo, y mayor horror tendrán de ofenderlo».

¡Predicad a Nuestro Señor Jesucristo!

Haciéndose eco de su venerado maestro, el Padre Voegtli, Marcel Lefebvre afirma a sus sacerdotes:

«Un sermón en que no se habla de Nuestro Señor Jesucristo es inútil; falta el fin o el medio. “Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, dice san Pablo, sino que predicamos a Jesucristo Nuestro Señor” (2 Co 4, 5). Jesucristo ha de intervenir siempre en nuestras predicaciones, porque todo se refiere a Él. Él es “la Verdad, el Camino y la Vida” (Jn 14, 6). Por consiguiente, pedir a los fieles que sean más perfectos y que se conviertan, sin hablarles de Nuestro Señor, es engañarlos, es no indicarles el camino por el que pueden lograrlo. Predicamos a Jesucristo crucificado (cf. 1 Co 1, 23)».

Una moral que proviene del dogma

La moral que predica Monseñor Lefebvre no es la ética natural, sino la moral cristiana de la gracia santificante, de las virtudes sobrenaturales y de los dones del Espíritu Santo.

«Sucede que los fieles quedan cautivados cuando se les habla de los dones del Espíritu Santo, de las bienaventuranzas, de los frutos del Espíritu Santo, que forman parte del organismo espiritual de todas las almas desde el momento en que reciben la gracia del bautismo. Cuántos fieles se maravillan cuando se les predican estas cosas, y dicen: “¡Pero nunca nos habían hablado de eso! ¡No sabíamos que el Espíritu Santo obra así en nosotros!”»

El don de evidencia

Monseñor Lefebvre habla de manera a ser oído y comprendido. No rechaza el micrófono. Dice las cosas con orden y sencillez.

«En su predicación, dice un jurista, tiene el don de evidencia; es como un hermoso alegato, nadie puede ser de otro parecer. Todo está en la calidad con que conduce el razonamiento».

No tiene, es verdad, la vena de un verdadero orador, pero a veces llega a serlo sin quererlo, cuando el Espíritu Santo parece bajar sobre él, apoderarse de él e inspirarlo. Con la mitra en la cabeza, durante los sermones de ordenación, siente en sí mismo una convicción comunicativa, se eleva su tono, su voz se intensifica por momentos, su dedo empieza a señalar, y profiere principios de combate y verdades justicieras contra los enemigos de la Iglesia y del sacerdocio.