Carisma de un jefe

En Gabón, con delicadeza, tiene en cuenta a los indígenas, saca lo mejor de sus seminaristas autóctonos, es «firme en sus ideas, muy querido de sus alumnos».

Según el parecer de su colaborador, es «firme, medido, muy personal en sus apreciaciones y decisiones, sobresaliente desde el punto de vista de la organización y del equipamiento material». En misión, es el buen Padre. ¡Pero cuidado! «Cuando hay que decir que no, es no».

El padre amante y amado

En Mortain, donde todo falta después de la guerra, «el excelente espíritu de familia que mantiene resulta de la facilidad con que domina los problemas materiales»: el alojamiento (acristalar las ventanas abiertas, encontrar frazadas, mesas, palanganas de aseo), el alimento (cada mañana, al volante de su camioneta, hace la gira de las granjas): «Se arremangaba la camisa, dice un antiguo alumno, y sentíamos que se hacía cargo de nosotros y que nos quería».

Jefe muy humano

También en Mortain, la mutua confianza que reina entre el director y sus escolásticos, al igual que el amplio margen de iniciativa que ésta le permite conceder a los alumnos, sorprende a los sacerdotes de paso: esos son los frutos de un «gobierno tan humano». Humano, pero también firme cuando hay que corregir las concepciones liberales, e incluso las ilusiones democráticas, de sus estudiantes.

En Dakar, es «el hombre de calma sonriente y de infinita amabilidad», de profundo respeto de las personas y de las opiniones e iniciativas de los demás, aunque sabe obrar con firmeza y sin compromisos cuando están en juego los principios.

«Este hombre era una paradoja: tenía una amabilidad y una misericordia… Tuvo que despachar a Francia a dos sacerdotes, y terminó volviendo a llamar a uno de ellos. Yo me decía: Sí, es más severo con las rúbricas que con las personas».

Organizador

Al lado de todo esto, es un organizador sin igual, con el sentido de las prioridades, que sabe alcanzar sus objetivos según el orden de su subordinación, y discernir cómo hacer una buena inversión para lograr el mejor rendimiento, habida cuenta de los medios disponibles, sin descuidar nada esencial. Para fundar una misión, sabe cómo ingeniárselas:

«Metro por metro, recuerda un misionero, con sus propios pies y piernas, recorría y medía el terreno. Sabía que hacían falta tantos metros para la casa de los sacerdotes, tal ubicación para la iglesia, la escuela a tal distancia, un poco más allá las hermanas, y otras cosas por el estilo; y yo lo miraba… Se sentía que había meditado esta fundación, y que había que hacerla tal como él la tenía en su mente».

Un pensamiento político afinado

En Dakar, un militante de la Ciudad católica ve en Monseñor Lefebvre «una inteligencia de un nivel muy superior al del resto del clero ordinario», y un hombre «muy observador del mundo político». El prelado se encuentra familiarizado con el pensamiento político contrarrevolucionario, o más bien católico, cuyos exponentes eran entonces Léon de Poncins, Jacques Ploncard d’Assac, o el mismo Jean Madiran, cuya revista Itinéraires recibe.

Aun siendo masón, el gobernador general de la AOF reconoce:

«Monseñor Lefebvre es el hombre más inteligente con que me haya cruzado en África. Por eso, cuando viene a verme, me fijo mucho en lo que le digo, y escucho con atención lo que tiene a bien confiarme».

Prestancia y distinción

Como Superior general de los Espiritanos, así lo describe el historiador de la congregación:

«Grande y de bella prestancia, con un rostro que irradia interés y bondad, causa a la gente una impresión inmediata y profunda; tiene una cualidad peculiar, un magnetismo, algo más que encanto; conserva siempre esta su aura de distinción, esta influencia personal irresistible».

Sentido de los acontecimientos y de las oportunidades

Uno de sus colaboradores declara:

«¡Qué buen superior! Bondad, acogida, receptividad, rectitud. Es una dicha trabajar con él; en sus manos, todo encuentra una solución sencilla. No se pierde en los detalles, y al ir a verlo siempre sales reconfortado».

Otro espiritano precisa con fineza:

«Sabía expresar su pensamiento con claridad, dando la impresión de que tenía una comprensión de las cosas concretas, y de que todo estaba bien ordenado en su mente y dispuesto bajo forma de proyectos variados, que hasta parecían contradictorios, pero listos para su ejecución según como lo exigiera su percepción de los hechos y su capacidad para evaluar la oportunidad que se le presentara».

Mano de hierro con guante de terciopelo

«Lo llamaban “mano de hierro con guante de terciopelo”. Nunca cedía. Concebía primero una línea de conducta y luego organizaba». Manda sin dar la impresión de ello; está lleno de autoridad, pero de una autoridad que no es aplastante. Está abierto a las iniciativas de sus misioneros y los apoya. Cuando no explica sus razones, repite tranquilamente la orden y no queda otra que obedecer. Este tacto en el gobierno se revela sumamente eficaz. Por lo demás, confía en los suyos: esa es su consigna.