Biografía

La trayectoria de Marcel Lefebvre (1905-1991) se inicia como una hermosa línea ascendente: seminarista romano (1923-1930), doctor en filosofía y en teología por la Universidad Gregoriana, ordenado sacerdote a la edad de apenas veinticuatro años por el futuro cardenal Liénart, comienza su ministerio como segundo vicario de una parroquia obrera, y luego, cambiando de orientación, se hace religioso misionero espiritano.

Habiendo entrado en la congregación de los Padres del Espíritu Santo (1932), es enviado a Gabón, en África, donde permanece trece años. Comienza como director de seminario, para hacerse luego responsable de varios puestos de apostolado, como Lambaréné, donde establece contacto con el doctor Albert Schweitzer.

Pero las ruinas de la guerra lo reclaman en Francia, para asumir la dirección del seminario espiritano de Mortain (1945-1947), en la parte más recóndita de Normandía.

Sin embargo, el Papa Pío XII lo vuelve a enviar al África, primero como vicario apostólico (1947), y luego (1955) como primer arzobispo de Dakar, en Senegal. Desde 1948, el papa lo nombra delegado apostólico suyo para toda el África francesa (Marruecos, África Occidental Francesa, África Ecuatorial Francesa y Madagascar).

Obispo de Tulle

A la muerte de Pío XII (1958), Juan XXIII pone fin a sus funciones africanas, tanto diplomáticas como pastorales, y lo nombra obispo de la pequeña diócesis de Tulle, en Francia (1962). Pero Marcel Lefebvre sólo permanece allí seis meses, dado que no tarda en ser elegido como Superior general de la Congregación del Espíritu Santo (1962-1968), que cuenta entonces con más de cinco mil miembros. Mientras tanto, Juan XXIII lo nombra Asistente al Trono pontificio y miembro de la Comisión central preparatoria del Concilio Vaticano II.

Monseñor Lefebvre participa activamente en el Concilio como Padre conciliar (1962-1965), destacándose por la organización de un grupo de Padres decididos a oponerse a la acción de los cabecillas del ala liberal.

Fraternidad San Pío X

En 1968 deja sus funciones de Superior general y, prefiriendo presentar su dimisión antes que avalar las reformas destructoras de la vida religiosa en su Congregación, se ve en la calle a los 63 años. Pero al año siguiente funda en Friburgo, Suiza, un seminario internacional, y luego una sociedad sacerdotal, que, aunque aprobados por el obispo del lugar, no tardan en convertirse en un signo de contradicción. Pablo VI diría de él: «Monseñor Lefebvre es la cruz de mi pontificado».

Después de las sanciones del Vaticano contra su Fraternidad (1975) y contra su persona (1976), su obra pareciera tener que vivir al margen de la Iglesia. Y, sin embargo, la «Misa prohibida» que celebra en Lille en agosto de 1976 ante 10.000 fieles tiene una amplia repercusión a través del mundo: populariza su imagen de «obispo de hierro», defensor intrépido de la misa tradicional, y opositor de todas las reformas que, en la Iglesia, están vaciando los noviciados, los seminarios y las iglesias.

Consagraciones episcopales

En 1988 asegura la perpetuación de su obra de restauración del sacerdocio católico consagrando a cuatro obispos en Ecône, a pesar de la prohibición del papa Juan Pablo II. Por este motivo incurre en la más grave de las sanciones eclesiásticas, que él considera injusta, al igual que todos los intentos precedentes, cuya única meta era obligarlo a abandonar el buen combate de la fe, en nombre de una obediencia mal comprendida.

Muere en Martigny, Suiza, el 25 de marzo de 1991, en una profunda paz, orgulloso «de haber transmitido lo que él mismo había recibido», según la expresión de San Pablo (1 Co 15, 3), que él pidió grabar en su lápida.

Obra salvadora

¿Cuál es el hilo de Ariadna de la vida de este prelado no conformista que afirma no haber obrado nunca según sus ideas personales? ¿Qué resorte mueve a este romano de espíritu y de corazón, acostumbrado a la obediencia, a enfrentarse y a contradecir a dos papas? ¿Qué es lo que da unidad a esta carrera tan agitada? ¿Cuál es la fe de este hombre que invoca el amor a Dios, el amor a Jesucristo, el amor a la Iglesia, para realizar actos tan graves? En lugar de considerarlo como el «obispo rebelde», ¿no hay que ver en él más bien a un hombre conducido y movido por un designio providencial para una obra salvadora?